Antes de cualquier fortaleza, esta costa era territorio de los cumanagotos y los chaimas, con presencia kariña hacia Paria y comunidades warao en los caños del golfo. Vivían de la pesca, el cultivo y el intercambio entre la costa y la montaña. Parte de esa herencia sigue a la vista: el nombre de Macuro viene de la lengua kariña, y el casabe de yuca continúa en la mesa de todo el estado.
En agosto de 1498, durante su tercer viaje, Cristóbal Colón tocó tierra firme en Macuro, en la punta de Paria, y llamó Tierra de Gracia a aquella costa. En 1515, frailes dominicos se establecieron junto a la desembocadura del Manzanares; aquel asentamiento, refundado varias veces y llamado Cumaná desde 1569, es una de las ciudades más antiguas levantadas por europeos en el continente. Por eso se la conoce como la Primogénita.
Durante la colonia, la sal de Araya atrajo a flotas holandesas, expulsadas en 1605 y de nuevo en 1623, y obligó a la Corona a levantar la fortaleza de Santiago de Arroyo, cuyas ruinas siguen frente al mar. En el siglo XVII nacieron Carúpano y Río Caribe, y Cumaná se protegió con el castillo de San Antonio de la Eminencia. Más tarde, comerciantes corsos impulsaron en Paria el cultivo y la exportación del cacao, que aún define la economía y el paisaje de la zona.
Cumaná dio a la independencia americana a Antonio José de Sucre, el Gran Mariscal de Ayacucho que da nombre al estado, y a la poesía venezolana a Andrés Eloy Blanco y José Antonio Ramos Sucre. La ciudad ha resistido terremotos, el último grande en 1997, y se ha levantado cada vez. Hoy Sucre es pesca, cacao, carnaval y una identidad oriental que se reconoce en su música, su acento y su manera de mirar el mar.