Antes de la llegada europea, estas tierras estaban habitadas por los caquetíos, los jirajaras y los ayamanes. Los caquetíos ocupaban la costa y la península de Paraguaná, y su lengua sigue viva en la toponimia: nombres como Adícora proceden de ella. La alfarería de la península conserva todavía técnicas heredadas de ese pueblo, y el Baile de las Turas, de raíz indígena, recuerda que la memoria más antigua del estado no se fue del todo.
Santa Ana de Coro fue fundada el 26 de julio de 1527 por Juan de Ampíes y se convirtió en la primera capital de la provincia de Venezuela y, en 1531, en sede del primer obispado de Suramérica. Su puerto, La Vela, abrió el comercio con las Antillas Neerlandesas, y de ese intercambio nació una arquitectura de tierra que mezcla rasgos españoles y holandeses. Ese conjunto, uno de los pocos de su tipo en el Caribe, fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993.
El final de la colonia dejó dos fechas que Falcón sigue nombrando. En 1795, José Leonardo Chirino encabezó en la sierra de Coro una rebelión contra el orden colonial. En 1806, Francisco de Miranda desembarcó en La Vela el 3 de agosto y allí se izó por primera vez la bandera tricolor. Décadas después, la Guerra Federal tuvo entre sus líderes a Juan Crisóstomo Falcón, nacido en Jadacaquiva, presidente del país entre 1863 y 1868 y quien da nombre al estado.
En el siglo XX, las refinerías de Cardón y Amuay transformaron Paraguaná y convirtieron a Punto Fijo en la mayor ciudad de la península, mientras la zona libre impulsaba desde 1998 el comercio y el turismo. Hoy Falcón se reconoce en esa suma: el barro de Coro, el viento de Adícora, la sal y el chivo de Paraguaná, los cayos de Morrocoy y una cultura con huella indígena, africana y europea que sigue sonando en el tambor y en los Locos de La Vela.